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	<title>A través del espejo &#187; Un poco de todo</title>
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	<description>Blog literario... y más</description>
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		<title>Sueños extraños:</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Feb 2012 10:32:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy toca algo de &#8220;realidad&#8221;&#8230; No todo es imaginar y escribir, de vez en cuando, la vida cotidiana nos da un ejemplo de fantasía, sin buscarlo incluso y esta vez me ha ocurrido en sueños. Esta noche he vuelto al Abad Oliba. Ha sido un viaje en el tiempo  agradable. Me sentía y , sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy toca algo de &#8220;realidad&#8221;&#8230; No todo es imaginar y escribir, de vez en cuando, la vida cotidiana nos da un ejemplo de fantasía, sin buscarlo incluso y esta vez me ha ocurrido en sueños.<span id="more-3062"></span></p>
<p>Esta noche he vuelto al Abad Oliba. Ha sido un viaje en el tiempo  agradable. Me sentía y , sobre todo, me veía como en mi época universitaria. Ha sido realmente divertido. Incluso creo que llevaba uno de los abrigos marrones que llevaba entonces y un pañuelo verde y marrón atado al cuello y mi gorrita marrón, a conjunto con el abrigo. Había ido de compras e iba cargada de bolsas cuando llegaba a la uni. Estaba buscando un baño y casualmente en los tres edificios estaban limpiándolos todos. Total que no encontraba ningún lavabo libre, salvo uno pequeñito, del que salía una chica. El novio, que la estaba esperando, se reía de mí y me decía que tendría que dejar tanta bolsa fuera y sobre todo la gorrita, que era muy aristocrática, pero que no cabría en el baño, porque era muy chiquitito. Efectivamente, cuando abría la puerta era un baño antiguo, como si estuviese en Alicia en el país de las maravillas. Total que no pude ir al lavabo y salí otra vez de la uni, buscando una cafetería con baño.</p>
<p>Viva la imaginación porque, de repente, una vez fuera del recinto universitario, en lugar de encontrarme con los edificios de la Avda. Pearson, estaba en Vara de Rey, en la zona de cafeterías que frecuento en Ibiza. Hay que ver. Total que las cafeterías estaban abarrotadas y yo no podía entrar con tanta bolsa. Al final, me fui al teatro y había unos baños preciosos, último modelo de Grohe pero oh, sorpresa, los estaban limpiando <img src='http://atravesdelespejo.org/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':-)' class='wp-smiley' /> . Por suerte me he despertado y he podido ir a mi baño de verdad. Divertida noche.</p>
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		<title>Compartiendo experiencias:</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 22:11:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[             “¿Has experimentado un viaje en el tiempo? Si quieres compartirlo, escríbeme al apartado de correos 99, Berna 1. Máxima discreción”.               Bernard, que estaba hojeando el periódico, tuvo que leer dos veces el anuncio. La oficina de correos de Berna 1 estaba aún vacía y el aroma del primer café de la mañana inundaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>             “¿Has experimentado un viaje en el tiempo? Si quieres compartirlo, escríbeme al apartado de correos 99, Berna 1. Máxima discreción”.<span id="more-3042"></span></p>
<p>              Bernard, que estaba hojeando el periódico, tuvo que leer dos veces el anuncio. La oficina de correos de Berna 1 estaba aún vacía y el aroma del primer café de la mañana inundaba la estancia. Si alguien lo hubiese visto, realmente pensaría, por la expresión de susto de su mirada, que acababa de ver a un extraterrestre. ¿Acaso le tocaría a él colocar las respuestas a aquel curioso anuncio, que no tenía ni pies ni cabeza, en el apartado 99? A lo mejor, simplemente no habría respuestas, que sería  lo más sensato. De todos modos, la curiosidad pudo con él y buscó en el ordenador quién era el titular del apartado: Henrietta Meyer. Se fijó en que el apartado acababa de alquilarse hacía poco&#8230; El resto de la mañana fue muy ajetreado, así que Bernard casi se olvidó del extraño anuncio.</p>
<p>              A Henrietta se le ocurrió la idea de publicar el anuncio en distintos periódicos después de darle muchas vueltas. Se había asegurado de que se publicase en periódicos en francés, alemán e italiano.</p>
<p>              La verdad es que cuando había empezado a leer el Diario de Madeline pensó que todo era fruto de su imaginación. Sin embargo, con el tiempo se dio cuenta que no, que algo de verdad tenía que haber en todo aquello. Por rara que fuese su madre, nadie podía imaginar con tanto detalle ni describir de forma tan plástica episodios de historia, sin haber estado ahí. Era absolutamente imposible.</p>
<p>              Ahora sólo le quedaba esperar a ver si alguien respondía a su anuncio. No esperaba una avalancha de correspondencia pero sí tenía la expectativa de recibir algún testimonio de experiencias similares.      </p>
<p>              Pasaron varios días y Bernard ya ni se acordaba del anuncio que lo había dejado perplejo unos días atrás. Sin embargo, de repente se fijó en una gruesa carta que iba dirigida al apartado de correos 99, Berna 1. La depositó en el apartado, que estaba vacío, y pensó cuánto tardaría la sra. Meyer en ir a recogerlo. ¿Qué tipo de persona podía mandar un anuncio como aquél? ¿Y quién podía responder? A lo mejor, no tardaría mucho en ir a buscar la correspondencia y él estaría ahí para fijarse y satisfacer su curiosidad. O mejor aún, ¿y sí abría la carta y la leía? En los veinte años que llevaba trabajando en aquella oficina nunca se le había pasado por la cabeza leer la correspondencia ajena. Sin embargo, aquel anuncio lo había dejado realmente anonadado y su curiosidad era tal que no pudo resistirse. Volvió a coger la carta y la introdujo doblada en el bolsillo derecho de su pantalón. Era tan gruesa que abultaba muchísimo y sobresalía del bolsillo, así que no podía hacer otra cosa que ir al almacén a leerla discretamente lejos de cualquier compañero.</p>
<p>              Bernard casi no podía creer lo que estaba haciendo. Abrió la carta lentamente, procurando no romper el sobre. Siempre podía volver a cerrarlo y depositarlo en el apartado deseando que la sra. Meyer no se diese cuenta de que alguien lo había abierto. La carta estaba escrita en alemán y venía de Salzburg. La mandaba J. O. y empezaba diciendo:</p>
<p>              “Soy un anciano. He vivido casi cuarenta años sufriendo por mis visiones, incapaz de compartir con mi familia estas intermitentes experiencias, que me han llevado incluso a visitar a mis antepasados. Como puede imaginar, cuando leí su anuncio, no me decidí a escribirle inmediatamente como tampoco me he decidido nunca a explicar a un psiquiatra lo que me ocurría, temeroso de sufrir alguna enfermedad mental y, sin embargo, lo que he vivido parecía tan real que me animé a compartirlo con usted.</p>
<p>              Mi primera experiencia se remonta a cuando era un niño de no más de seis o siete años. Estaba en el jardín jugando con mi hermana mayor cuando de repente sentí como si una fuerza me arrastrase y, de repente, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Cuando, por fin, paró, estaba solo. A lo lejos se veía un tío vivo solitario, bajo un cielo azul, sin nubes. Nunca he sabido si fue un sueño o fue real. Allí estaba yo, caminando entre los caballitos, acariciándolos uno a uno, casi sin poderme creer lo que estaba viendo, hasta que me fijé que al lado había un patio lleno de juguetes: caballos de madera, autos de todos los tamaños y colores: amarillos, verdes, azules como el cielo&#8230; Sin embargo, todo se desvaneció cuando oí la voz de mi padre, que me llamaba. Desaparecieron el tío vivo y todos los juguetes. Aunque volví a donde creía que estaba ese lugar, nunca más lo pude encontrar.</p>
<p>              En otra ocasión, me encontré a bordo de un tren, en el preciso instante en que un revisor anunciaba:</p>
<p>              &#8211; “Acabamos de llegar a Pekín. Fin del viaje”.</p>
<p>              Mi abuelo Jan intentaba despertar a Ben, su incansable compañero, adormilado durante el último trayecto del transiberiano, mientras él contemplaba el paisaje. Lo reconocí al instante por las iniciales de su baúl: J.O. Por aquel entonces ya había leído yo su crónica del viaje a China.  </p>
<p>              Desde que salieron de Moscú, a –7º, un primero de marzo, pasaron más días de los que supusieron al principio. Ben no pudo reprimir sus ganas de conocer Rusia más a fondo y mi abuelo se resignó. No podía, sin embargo, quejarse. Disfrutaron de lo lindo cruzando las heladas llanuras y a medida que se alejaron del gélido país y se adentraron en China, pudo empezar a escribir sus impresiones sobre aquel viaje.</p>
<p>              Ben no tenía un carácter tan tranquilo como mi abuelo. Era inquieto por naturaleza y con una curiosidad siempre pronta a descubrir qué se ocultaba tras cualquier esquina. Mientras mi abuelo descansaba, Ben correteaba incansable buscando conocer la esencia de cada lugar en el que se detenía el tren. Todas las estaciones le parecieron iguales a Jan. Sin embargo, cada ciudad le produjo una emoción latente, que se apresuró a plasmar en las páginas de su última crónica, sabiendo que el testimonio de su gran amigo tenía un valor incalculable.</p>
<p>              Entonces Jan ya había logrado convertirse en un famoso escritor. Rápido alcanzó la cima y, sin embargo, cuando Ben le propuso un viaje en el Transiberiano, vio la ocasión ideal para escribir algo diferente: su primera crónica de viajes. Tardaron poco en decidirse. Ben necesitó sólo encontrar tiempo; el dinero no era problema. Sus prósperos negocios le permitían todos los caprichos posibles y, sin embargo, nunca parecía tener tiempo para alejarse del mundanal ruido hasta que alguien le habló del Transiberiano, un tren que recorría Siberia, desde Moscú, llegando a Pekín.</p>
<p>              Y allí precisamente estaban: en Pekín, camino del buque que los devolvería a casa. Ben necesitaría muchas tardes para explicar todas sus aventuras a sus socios y mi abuelo Jan tendría tiempo en el barco para ordenar sus ideas y acabar de describir los lugares por donde discurrió su viaje, las personas que habían encontrado, la proximidad de aquellas gentes, su hospitalidad y una amabilidad tal que en más de una ocasión les tentó a instalar su baúl en uno de los magníficos hoteles en los que se alojaron. Así conocí a mi abuelo.</p>
<p>              Espero que mi relato le haya sido útil y quedo a su disposición en caso de que sea de su interés intercambiar sus experiencias. He sentido un gran alivio al sentirme capaz de poner por escrito estos recuerdos.”</p>
<p>              Bernard no podía creer lo que acababa de leer. Era evidente que había muchos locos en el mundo. Lo mejor que podía hacer era devolver la carta al apartado de la sra. Meyer y confiar en conocer algún día a la persona que había provocado esta extraña experiencia.</p>
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		<title>Feliz 2012:</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 23:40:48 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por fin, Año nuevo!!! Pídamosle salud, dinero y amor, como dice la canción.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por fin, Año nuevo!!!<span id="more-2990"></span></p>
<p>Pídamosle salud, dinero y amor, como dice la canción.</p>
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		<title>Otra Nochevieja:</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 14:39:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El ritual de las uvas, las campanadas, el cava, las lentejas&#8230; una vez más.Y una vez más no denota cansancio sino la satisfacción de tener salud, dinero y amor . Salud suficiente para celebrar haber pasado un año más; dinero en cantidad suficiente para divertirse más allá de cubrir las necesidades cotidianas y amor para compartir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El ritual de las uvas, las campanadas, el cava, las lentejas&#8230; una vez más.<span id="more-2994"></span>Y una vez más no denota cansancio sino la satisfacción de tener salud, dinero y amor . Salud suficiente para celebrar haber pasado un año más; dinero en cantidad suficiente para divertirse más allá de cubrir las necesidades cotidianas y amor para compartir con los seres queridos un año más. Sin olvidarse de dar gracias a quien hace que todo esto sea posible. ¡Feliz Nochevieja!</p>
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		<title>Más ejercicios de escritura:</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 14:43:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[              Steve y yo estábamos en un bote en el lago. Acababa de empezar la primavera y Steve llevaba tiempo deseándolo. Yo había reservado cuidadosamente un relato de mamá para aquel día y empecé a leérselo:                 “De repente, me encontré en un pequeño bote junto a un barco. La primera impresión fue que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>              Steve y yo estábamos en un bote en el lago. Acababa de empezar la primavera y Steve llevaba tiempo deseándolo. Yo había reservado cuidadosamente un relato de mamá para aquel día y empecé a leérselo:</p>
<p> <span id="more-2996"></span></p>
<p>              “De repente, me encontré en un pequeño bote junto a un barco. La primera impresión fue que parecía abandonado. Alrededor sólo se veía un mar en calma. Sin embargo, en seguida me di cuenta que el barco estaba fondeado. Al dar la vuelta vi una hilera de hombres que se dirigía con las armas en alto hacia una pequeña isla volcánica, que se veía a corta distancia.”</p>
<p>              Ni corta ni perezosa, le dijo a Steve: “Fíjate qué valiente era Madeline, que ve a unos hombres armados andando por el agua y los sigue hasta la isla.”</p>
<p>              “No parece que esté lejos –seguía explicando mamá- y si aquellos hombres pueden ir andando, yo también puedo.</p>
<p>              A medida que me iba acercando, unas grandes figuras, como hombres gigantes con casco, se empezaron a hacer más y más visibles. Debía estar en Rapa Nui u otra isla cercana en la Polinesia. Y aquel barco podía ser, o no, el de James Cook. Estaría pues en el siglo XVIII y si aquellos hombres, que se dirigían a la isla, a pesar de ir armados, no encontraban a nadie que opusiese resistencia, podría acercarme a unas de las más misteriosas esculturas, que se hallan en la tierra: los “moais”.</p>
<p>              Steve, que ya sabía qué eran los “moais”, no pudo ocultar su sorpresa. De hecho, teníamos una reproducción en mi despacho, bastante más pequeño que los reales pero suficientemente grande como para que Steve quisiese crecer para ser más alto que nuestro moai. Hoy el relato sí había tenido un final feliz y ahora ya podíamos disfrutar de nuestro día en el lago, segura de que Steve había perdido el miedo al Diario de mamá.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Feliz Navidad:</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Dec 2011 20:45:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un año más, aquí tenemos el día de Navidad. Por algún motivo, sigo teniendo el mismo espíritu navideño que cuando tenía pocos años. ¿Feliz Navidad a todos!]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un año más, aquí tenemos el día de Navidad.<span id="more-2974"></span></p>
<p>Por algún motivo, sigo teniendo el mismo espíritu navideño que cuando tenía pocos años. ¿Feliz Navidad a todos!</p>
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		<title>Regalitos:</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 20:47:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De vez en cuando, se me olvida que este blog no es para comentar cosas personales. De todos modos, qué más da. La verdad es que tiene su intríngulis pensar qué puedes regalar para hacer a otra persona feliz y normalmente comprobar que has acertado. Aunque alguna que otra vez he metido la pata y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De vez en cuando, se me olvida que este blog no es para comentar cosas personales.<span id="more-2976"></span></p>
<p>De todos modos, qué más da. La verdad es que tiene su intríngulis pensar qué puedes regalar para hacer a otra persona feliz y normalmente comprobar que has acertado. Aunque alguna que otra vez he metido la pata y comprado libros repetidos pero, en fin, cada año me propongo en lugar de comprar varias cosas pequeñitas comprar una grande y, al final, no lo cumplo ni de casualidad. Y este año no va a ser una excepción. El único del que puedo estar segura que no será repetido y gustará es el mío.</p>
<p>Esperemos que Papá Noel o San Nicolás o quienquiera que sea se muestre generoso con todos.</p>
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		<title>Por fin estoy de fiesta:</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 20:52:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Acabo de empezar mis vacaciones y ya me siento agotada. La culpa la tiene la cena de anoche. Tres horas y media de cena cansan y mucho a pesar de que los menú degustación sean mis favoritos y que el restaurante sea una auténtica maravilla una cosa es cenar y otra comer pero en estas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de empezar mis vacaciones y ya me siento agotada.<span id="more-2978"></span></p>
<p>La culpa la tiene la cena de anoche. Tres horas y media de cena cansan y mucho a pesar de que los menú degustación sean mis favoritos y que el restaurante sea una auténtica maravilla una cosa es cenar y otra comer pero en estas fechas parece que nos olvidamos de la diferencia. De todos modos, con lo divertidas que son, bienvenidas sean.</p>
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		<title>Henrietta en los polos:</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 14:46:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[              Hacía tiempo, había descubierto este relato de mamá pero pensé que era mejor dejarlo para uno de aquellos gélidos días en que no apetece ni asomar la nariz por la ventana y este día había llegado.                 Steve había acabado de colocar su ejército de peluches ante la chimenea, cuando me senté sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>              Hacía tiempo, había descubierto este relato de mamá pero pensé que era mejor dejarlo para uno de aquellos gélidos días en que no apetece ni asomar la nariz por la ventana y este día había llegado.</p>
<p> <span id="more-2998"></span></p>
<p>              Steve había acabado de colocar su ejército de peluches ante la chimenea, cuando me senté sobre la alfombra, dispuesta a viajar con la imaginación nada más y nada menos que al Polo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>              “De repente, me encontré sobre una fría superficie”, empezaba diciendo Madeline. “Todo lo que me rodeaba era hielo y nieve. Incluso el cielo era blanco. No había duda alguna que estaba en uno de los polos. No se veía ningún ser vivo, ni animal ni humano, ni cerca ni lejos. Aunque realmente no podía ver muy lejos debido a la ventisca, que hacía que la nieve se levantase y dificultase moverse con comodidad.</p>
<p>              La ventisca me impedía ver dónde me hallaba. De repente, topé con un palo que se encontraba frente a mí, clavado en el hielo. Eso significaba que otras personas habían estado ahí antes. Era evidente que el palo no podía haber llegado solo. A pesar de la escasa luz, pude ver la bandera que ondeaba en la parte superior del mástil: ¡era la bandera noruega! No cabía duda alguna que estaba en el Polo Sur.”</p>
<p>              Empecé a explicarle a Steve que Madeline debía haber ido a parar al extremo sur del planeta, un lugar fascinante, que se había resistido a ser conquistado. Probablemente, hacía poco que Roald Amundsen y sus hombres habían llegado. Sería en el mes de diciembre de 1911.    </p>
<p>              Steve me escuchaba con los ojos muy abiertos mientras le hablaba de un señor llamado Shackleton, un irlandés, que fracasó en su intento de llegar a la Antártida. Había numerosas fotografías de aquel viaje, que prometí enseñarle el día que pudiésemos ir al centro a ver la exposición que había en la universidad. Pero Shackleton no había sido el primero en aventurarse hacia el continente blanco. Ya en el siglo XVIII el británico Cook se había acercado al litoral antártico. Después, franceses, americanos, noruegos, belgas, alemanes, suecos, australianos&#8230; partieron hacia la Antártida, buscando ballenas unos o simplemente atraídos por lo desconocido, con fines exploratorios y científicos, otros.</p>
<p>              Sin embargo, fue Amundsen quien finalmente colocó la bandera que Madeline había tenido justo a su lado aunque no hubiese visto ni rastro de los expedicionarios.</p>
<p>              “De repente, -continué leyendo en el Diario-, avancé un poco, decía mamá, animada porque parecía amainar la fuerte ventisca aunque estaba muerta de frío.</p>
<p>              &#8211; Mami, interrumpió Steve, tirando de mi pantalón, ¿no me habías dicho que en los viajes en el tiempo no tenías ni frío ni calor?</p>
<p>              Yo no sabía qué responderle así que no se me ocurrió otra cosa que proponerle probarlo algún día y seguí leyendo.</p>
<p>              ”Me agaché y recogí un libro. Sólo podía tratarse del diario de Scott, que murió en su intento por llegar a la Antártida. Sin embargo, ni el cadáver de Scott ni ninguno de los miembros de ninguna de las dos expediciones, que coincidieron en el polo sur se veían por ningún lado. Tanto frío tenía que cuando empecé a notar que el ambiente blanquecino, que me rodeaba, parecía alejarse, como a través de la bruma, me desvanecí o, al menos, creí desvanecerme y me desperté en la cama junto a Benjamin.”</p>
<p>              Steve y yo seguíamos en el saloncito de casa, con la chimenea encendida. Pero Steve temblaba ¿de frío, de miedo, o de las dos cosas?.</p>
<p>              &#8211; Cariño, ¿qué ocurre?, dije mientras lo envolvía en una manta.</p>
<p>              &#8211; ¿Decías en serio lo de viajar en el tiempo?, preguntó Steve. Yo pasaría mucho miedo.</p>
<p>              Como mi intención no era asustarlo sino todo lo contrario: utilizar el Diario como excusa para facilitar a Steve aprender historia, le dije que estaba bromeando y le propuse preparar juntos un chocolate caliente.</p>
<p>              Mientras nos dirigíamos a la cocina, Steve me dijo: ¿Sabes?, he pasado mucho miedo; pensaba que Madeline debía estar asustada si no veía nada y pensaba qué habría pasado si se hubiese perdido o se la hubiese llevado el viento. Yo no quiero viajar en el tiempo; no quiero tener miedo.</p>
<p>              Le prometí que si algún día me decidía a probarlo, iría yo primero para comprobar que no había nada que lo asustase y luego volvería a buscarlo, mientras acababa de remover el chocolate recién vertido en la taza de Steve. Él sonrió pero no pudo evitar que una lágrima resbalase por su carita. Realmente se había asustado.</p>
<p>              Después de terminar el chocolate, volvimos al saloncito, donde se estiró en el sofá, sobre una mantita, al calor de la chimenea. Ahí se quedó completamente dormido. Mientras, yo me había sentado en el suelo, sobre una alfombra, un tanto sorprendida por el susto que el pobre Steve se había llevado con este último relato.</p>
<p>              La próxima vez debía ser más cuidadosa. Después de todo la idea de leer el Diario era enseñar a Steve, en ningún caso asustarle. El día que viajase al Polo Norte tal vez sería mejor ir sola. Y también me dormí.   </p>
<p>              Como siempre me habían atraído los polos, por primera vez soñé que estaba allí. Después de esta lectura no dudaba que era preferible saber de ellos desde el calor del hogar antes que estar en un lugar tan inhóspito. Steve no había escuchado las explicaciones del Diario de Madeline sobre cómo se había encontrado, de repente, en el dirigible con el que Amundsen había cruzado en 1926 el Polo Norte. “Era algo realmente increíble”, escribía Madeline pero ante la carita de susto de Steve, no me había atrevido a continuar.</p>
<p>              Ahora, en sueños, había rememorado la historia de Madeline en el Polo Norte, lugar que siempre había atraído a exploradores de todos los puntos del planeta, empezando por los vikingos, sin ir más lejos, que habían hecho pedazos multitud de embarcaciones entre los trozos de hielo, sin éxito. Y, finalmente, después del fracaso de holandeses, daneses, ingleses&#8230; fue la expedición encabezada por Robert Peary la que en trineos tirados por perros esquimales, avanzó ágilmente sobre la espesa capa de hielo hasta llegar a su objetivo. Un pequeño barco, el “Roosevelt” les había llevado hasta el punto donde muchos exploradores antes habían desistido de su aventura. Fue el 6 de abril de 1909 el día en que completaron su sueño: llegar al Polo Norte.</p>
<p>              De repente, me desperté. La chimenea seguía encendida y Steve dormido en el sofá. Recordaba perfectamente el sueño que acababa de tener, como si realmente hubiese estado ahí. ¿Sería esto lo que le había ocurrido a Madeline o había estado ella de verdad en todos los lugares que explicaba en su Diario? Como nunca llegaría a saberlo, no valía la pena pensar mucho en ello. Cogí a Steve en mis brazos y lo dejé tumbado en su camita. Ni se despertó.</p>
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		<title>En la Acrópolis de Atenas (revisado):</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 14:53:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Henrietta</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Un poco de todo]]></category>

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		<description><![CDATA[Steve y yo estábamos tumbados en el suelo del jardín, dispuestos a divertirnos un rato con las aventuras de Madeline. “El cielo azul parecía oler a polvo”, empezaba diciendo Madeline. Steve se levantó y abrió la boca, asombrado: ¿a polvo? ¿Cómo puede oler el cielo a polvo?, me preguntó. Yo me reí y le conteste: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Steve y yo estábamos tumbados en el suelo del jardín, dispuestos a divertirnos un rato con las aventuras de Madeline. <span id="more-3004"></span>“El cielo azul parecía oler a polvo”, empezaba diciendo Madeline. Steve se levantó y abrió la boca, asombrado: ¿a polvo? ¿Cómo puede oler el cielo a polvo?, me preguntó. Yo me reí y le conteste: ya sabes que mami era muy sutil. Steve pareció conformarse con la respuesta y seguí leyendo: “Estaba, sin duda, en Grecia, junto a lo que parecía ser la Acrópolis de Atenas, seguramente la más bella del mundo antiguo. La Acrópolis era la parte alta de la ciudad, donde estaban los santuarios de las divinidades y refugio de los habitantes de la ciudad en caso de ser atacados por los enemigos Steve apuntaba con su dedito a las majestuosas cariátides, que Madeline había esbozado en su Diario. “Empecé a pasear por entre los edificios: los propileos. A lo lejos, el erecteón, el partenón, el teatro&#8230; Parecía que estaba sola. Me senté mirando la estatua de Atenea, diosa de la sabiduría y la inteligencia, protectora de la ciudad. Sin embargo, de repente, me di cuenta que alguien se acercaba. Era un hombre de mediana estatura, con barba castaña y una larga túnica blanca que le llegaba hasta los pies. Andaba lentamente y posiblemente descalzo, con un pergamino enrollado bajo el brazo. A lo lejos se veían restos de lo que seguramente habían sido hermosos templos como los que teníamos cerca. ¿Serían las ruinas que habían dejado las guerras médicas? El hombrecito se detuvo junto a la estatua de Atenea, hecha de oro y marfil. Por suerte, no podía verme. Miraba atentamente el pergamino de aquel hombre al que tenía tan cerca que casi podría haberlo tocado. ¡Era Fidias! No, no lo había reconocido. De hecho, no tenía la más mínima idea del aspecto que tenía. Sin embargo, los dibujos de los elegantes y exquisitos bajorrelieves y las esculturas, que se veían sobre el pergamino, no dejaban duda alguna. Estábamos pues en el siglo V antes de Cristo.” Steve repitió “Fidias”. Parecía disfrutar con los relatos de Madeline tanto como habría disfrutado cualquier adulto. Bueno, cualquier adulto que pudiese creer que lo que había encontrado era real y no fruto de una mente enferma. Este relato me sirvió de excusa perfecta para hablarle a Steve de la historia de Grecia. Parecía divertirse realmente con este tipo de historias.</p>
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